La política en nuestro país se vive el fervor y desquicio de una contienda electoral (es broma, la veo bastante gris), una contienda concurrente donde se elegirán alcaldes, diputados locales y federales, senadores y presidente de la república. 

La política enfrenta una severa crisis de confiabilidad, nada nuevo, pero no es un tema aislado, lo mismo le pasa a los medios de comunicación, casos similares acontecen en el ambiente empresarial, en instituciones y hasta en organizaciones de la sociedad civil. Lo anterior presenta un diagnóstico en donde la desconfianza es solamente la punta del iceberg, la desconfianza no es el problema, es el síntoma, por tanto se requiere de ir a raíces más profundas.

Odiamos todo como un resultado adolescente de que las cosas no nos gustan como suceden, sin embargo, ese odio relata la sensación de desahucio que existen en nuestro país. La cual no es meramente de partidos de política, es de grupos, de instituciones, de sistemas, de barrios, de colonias.

No existe un panorama más desolador, que un pueblo que ha perdido la fe. La fe es autogestionable, es un una inmolación con el combustible propio, no viene de fuera, se construye en las entrañas, por eso es indispensable ver a las actividades humanas desde aristas menos radicales. Ver al marketing como el problema, es reducir la capacidad de esta herramienta.

El nivel de ingenio y de técnica que expone el mercadeo, exhibe también el tipo de visión a la cual estamos dispuestos asimilar en planos sociales. El marketing no es el enemigo, el contrario es el creciente segmento de personas a las que “nada les gusta”, “nada les parece”, “nada creen”.

La tarea es cambiar de la visión “todo es culpa de los demás”, a otra en donde “todo es responsabilidad de todos”.

Es por ello que en últimas fechas, los mercadólogos, agencias, políticos y partidos, destinan algunos de sus pesos en un segmento del que poco se habla, pero que bien se tiene en el radar. Estamos ante la gran comunidad de “indignados”, hay en todos los partidos, las clases sociales, los niveles de escolaridad y las actividades económicas.

Los indignados son ese grupo que se ve como una gran masa, pero que en su composición alberga variantes demográficas como las mencionadas, además de particularidades que son propias de las tendencias de nuestros tiempos. Hay enfadados de todas las edades, los credos, las tribus urbanas y las actividades comunitarias.

Un ejemplo es la adopción de las marchas y protestas como un camino de manifestación de la opinión civil, sucede para actos pacíficos, como presión y como divertimento. Las marchas, los desfiles, las tomas y boicots, son un ejemplo de que el enojo está presente en nuestro carácter humano, por lo que una chispa es suficiente para encenderlo.

Otro ejemplo son los activismos ficticios, es ahí donde podemos ver de forma más clara el nivel de esperanza virtual que hemos engendrado, ya he mencionado que hay indignados de todos los colores y sabores, pero la mayoría de ellos, presentan por lo menos un tipo de activismos fantasma.

Esa actividad es meramente para encajar, para darle check al listado de buen ciudadano, para que le vean y para que el mundo se componga con una firma electrónica. Los enfadados son un segmento al cual le gusta la cooperación, los retos y también la comparación, es por ello que las hazañas en las que les gusta participar se encaminan en esta dirección.

Los indignados también pueden ser simuladores, este grupo siempre ha existido en la polaca, se trata de aquellos que están con dios y con el diablo, que aparecen en todos los eventos de todos los candidatos, son los que no se arriesgan pues su arte escénico se basa en el miedo, así como en la sobrevivencia.

Además de los que aparentan hacer mucho, también existen los que simulan no hacer nada, pero tienen toda la carne puesta en el asador de alguno de sus gallos. “Por debajo de la mesa” como esa canción de LuisMi, mueven todas sus cartas, lo hacen para apoyar al que se ganó su corazoncito, al que le ven menos mal o al que les prometió algún acuerdo.

Los perfiles anteriores apoyan o dejan de apoyar producto de la revancha, patrocinan, pregonan o descalifican debido a la situación personal que han tenido con el gobierno en turno, con los partidos y con los candidatos. Es una especie de castigo en pro de la recuperación del honor, es por ello que los fastidiados harán lo que esté en su contexto para hacer notar su valía.

Sé que en este momento cree que cada vez se vota menos, pero incluso eso es un signo de la indignación, un reproche con pataletas integradas. En ese berrinche perdemos todos, los que lo hacen, los que los vemos y los terceros afectados.

Hace unas votaciones atrás se realizaron campañas para promover el voto nulo. Un caso de estudio que se enlista en las brillantes aportaciones de los indignados, pues su trabajo se basa en la hipótesis de aniquilar las posibilidades, en lugar de empoderarlas.

“Estamos hartos de estar hartos”, escuché la frase en un trayecto de Uber, nada más emblemático para comprender el contexto, el modus operandi, la expectativa, pero también la insuficiencia y conmiseración. Según la historia no existe pueblo que haya salido adelante bajo el discurso de apapachar su miseria. A menos que la indignación de la que hablamos vaya acompañada de acciones específicas, se dará una etapa de progreso.

Estamos hartos de nosotros mismos, de lo que somos y lo que hacemos. Hace un par de años mencioné en una conferencia sobre Marketig Político, en la Anáhuac de Queretaro “México vive un tremenda resaca, en donde todos queremos saber cómo salir, pero pocos están dispuestos a sobrepasar la cruda tomando por lo menos un sal de uvas”.


Deseamos el orden, siempre y cuando ese no aplique en nosotros, por lo que otra característica de los indignados es que todo el cambio es una exigencia que poco tiene que ver con que ellos cambien. Los indignados se autodenominan promotores de los movimientos sociales, los reclaman, son enérgicos en sus demandas, sin embargo, cuando les volteas la tortilla, les interrogas sobre sus hábitos de vida, sobre los “correctos” y cívicos que deben tener, es donde se visualizan psicografías que no necesariamente se basan en la rigurosa manera en la que piden el cambio.

“Estamos hartos de estar hartos”, la cacofonía de la frase nos remite a una situación que he explicado en múltiples colaboraciones, una que escuché en un curso de “Historia del Arte” impartido por el Dr. Fernando Castro Flórez, el experto español mencionó en aquella participación en el Museo Felguérez, que la época en la que vivimos se encuentra regida bajo las ópticas de la humillación, el fatalismo y desesperación.

En política el problema mayor que enfrenta el marketing es que bajo la consigna de atender segmentos como el de los indignados, se fabrican propuestas como el de Valentina Treviño, una candidata a diputada que en su discurso promete bajar el precio de la cerveza, si es electa. Lo que amo de la política es siempre me puede sorprender, hay que tener las píldoras a la mano, o ya por lo menos una cerveza.

Antes de concluir, les comparto el último de los perfiles que he visualizado, es el que emplea el humor como la herramienta para poder externar su enfado. La comedia invita a la reflexión, pero en últimas fechas es un lenguaje dicotómico para exteriorizar la tragedia de las situaciones, colocándolas en enfoques absurdos que terminan consiguiendo esa filosofía popular que se basa en “ya no sé si reír o llorar”.

El historiador británico Tony Judt alguna vez precisó: ‘Probablemente nosotros, como intelectuales o filósofos políticos, nos encontraremos enfrentados a una situación en la que nuestra principal tarea no será imaginar mundos mejores, sino más bien pensar en cómo evitar que sean peores. Y esa es una situación ligeramente distinta, en la que el tipo de intelectual que pinta grandes panoramas de situaciones idealizadas o improbables puede no ser la persona a la que merezca más escuchar’.

Arturo Gonzalez Salas
www.arturogonzalezsalas.com

Categorías: Marketing

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